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Palermo: “No hay como Venezuela”

septiembre 4, 2017, 2:40 pm
Por: Redacción

Dicho y Hecho se une al duelo que embarga a la comunidad Vallealtina por el sensible fallecimiento de Rosario Iozzia D’ Amico, ocurrido el miércoles 30 de agosto. Desde su llegada a nuestro país, procedente de Italia, dio todo su esfuerzo y dedicación para salir adelante y para contribuir con el desarrollo de los pueblos del eje occidental. En su honor, reeditamos el Perfiles que fue publicado en mayo del 2002.

Este personaje tiene en Venezuela cerca de 50 años. Contaba con 21 años de edad y poco más de un mes de haberse casado, cuando salió de Módica, pasó a Palermo, la capital de la provincia de Sicilia, luego a Nápoles y después a La Visita, donde abordó el barco que lo traería a estas tierras tropicales. Llegó a Bejuma cargado de herramientas, baúles llenos de hormas y de ilusiones, para instalarse en la esquina de la Plaza Bolívar, en el cruce de la avenida Sucre con calle Páez.

Creador de la bota más grande del país.
Creador de la bota más grande del país.

Colocó un letrero, pintado con tinta para suelas, que decía “Zapatería Palermo”. Con este nombre bautizó su negocio y sin saberlo estaba colocando el nombre por medio del cual lo conocerían en Bejuma y en todo el occidente de Carabobo: Palermo, cuyo nombre de pila es Rosario Iozzia D’ Amico.

De zapatero a empresario cinematográfico.

Llegó para resolver problemas

“Llegué a Valencia el 15 de marzo de 1953. Estaba por la avenida Bolívar, hacía mucho calor y un paisano me dijo que Bejuma era muy bueno, muy fresco. Agarré una camioneta, pagué tres reales y me vine para Bejuma. Me bajé en la Plaza Bolívar, me dirigí donde el prefecto y le dije: “mire señor prefecto, yo soy zapatero y quisiera venirme para Bejuma y me dijo: con mucho gusto, si usted es un muchacho bueno, alquílese una casa y no le cobramos ni patente, ni luz. Así fue, le alquilé una casa a Armando Romero, en la esquina de la calle Sucre, donde hoy está la óptica, a una cuadra de la alcaldía”.

Palermo recuerda que en sus comienzos elaboraba las botas para los policías. Uno de los clientes que más agradeció las bondades y conocimientos que trajo este zapatero, fue precisamente el dueño de la casa que él ocupaba. “Armando sufría de un cayo en la planta del pie que lo hacía caminar medio manco. Yo le dije no se preocupe, yo lo hago caminar derecho. Le tomé las medidas, preparé las hormas, le traje unas plantillas de suela y, donde estaba el cayo, lo rebajé y le puse una goma, como un soporte. Le fabriqué un calzado tejido de glaseé, hecho a mano. Cuando se probó ese zapato me abrazó y me dijo ¡¡mijo, usted sí es bueno, mijo!!”.

 Pa’ Venezuela me voy

Palermo trabajaba mientras había luz. “Como en esos tiempos apagaban la luz a la nueve de la noche, yo trabajaba hasta esa hora. Cuando había un velorio, la apagaban a las cuatro de la madrugada, entonces, yo aprovechaba de trabajar hasta el día siguiente”.

“Como vivía solo, yo mismo preparaba espaguetis, lentejas, caraotas, arepas; en una cocina de kerosén. Iba trabajando y cocinando. Cobraba 45 bolívares por un par de zapatos hecho a mano, la suela corrida a 6 bolos, 4 bolívares la media suela”.

Detrás de la puerta de la piecita Palermo puso una caja, en la que guardaba todos los días un fuerte de plata. Tenía a Pedrito, el enanito, como ayudante, a quien le enseñó a trabajar los zapatos.

“Bueno, cuando pasaron como quince meses, le dije a Pedrito, yo me voy para Italia y te dejo la zapatería. Fui a Valencia a comprar el pasaje. Me vine a Bejuma, bajé la cajita, conté los reales y tenía como cinco mil bolívares. Me fui al banco Italo Venezolano, me hicieron un cheque por los cinco mil bolívares que eran como un millón de liras. En Italia compré una casa en 700 mil liras y con el dinero restante, como yo no quería seguir siendo zapatero, compré una máquina de hacer refresco que la cargaba en una moto Vespa por ferias, pueblos y barrios. Un día se me acercó un fiscal de la policía y comenzó a pedirme que si permiso de la prefectura, que si permiso sanitario, que si la patente. Yo le dije ¡noo joda, no hay como Venezuela, que uno llega allá, se monta su negocio y todo el mundo lo ayuda! Y el carajo me dijo: ‘bueno, váyase para Venezuela’. Pues pa` Venezuela me voy. Le dejé todo a mi hermano Vicente, mi papá me dio los reales para el pasaje, agarré y me vine con mi señora”.

La bota más grande Venezuela

“En una fiesta de San Rafael, yo había hecho como mil quinientos bolívares. La negra Rosa Pinto, que era enfermera en el hospital, tenía una casa que le había comprado a Ángel Rivas. Me la ofreció, se la compré y me mudé de la calle Sucre para la calle Real (hoy avenida Bolívar). Ahí comencé haciendo el local y después fui construyendo la parte de arriba. Seguía trabajando la zapatería, mudé el negocio de la calle Sucre para la calle Real, frente a la panadería de Marcelino Hernández. Estando ahí, elaboré la bota más grande Venezuela”.

Los animadores José Hernández y su hermano Richard, tenían el programa llamado “Si resbala pierde”, por el canal 8 VTV, donde anunciaban un concurso para seleccionar el zapato más grande del país. Palermo se esmeró en elaborar una bota que mide un metro de alto por 50 centímetros de ancho y 1,32 de largo. Se la llevó al programa televisivo y ganó el primer premio. “Esto fue un verdadero acontecimiento para Bejuma, a tal punto que la bota gigante recorrió las calles del pueblo a bordo del convertible de Don Diego Arcay”.

Comienza a crecer la familia

“Empezaron a llegar los muchachos. Primero fue Julio, que nació de manos del doctor Pérez Delgado. Luego, los demás nacieron en la casa, atendidos por Pilarcita. Por 80 bolos te atendía toda la casa, la comida, la mujer, los muchachos, todo lo hacía ella, valiente esa mujer”.

Rosario Yozzia está casado con Concetta Iurato con quien ha procreado nueve hijos, Julio, Mari, Giorgio (Yoyo), Franca, Luis, Adriana, Liliana, Gerardo y Luis Gerardo. La mayoría de ellos siguen en Bejuma, donde se mantienen entregando lo mejor de su esfuerzo para honrar la hospitalidad que sus padres vieron y sintieron aquí.

 Un empresario dinámico y sincero

Un empresario del cine le otorgó la exclusividad para que instalara salas para proyectar películas en cualquier parte del país. ¿La razón?: lo consideraba un empresario dinámico y sincero. De esta manera, se inicia con el Cine Centro en Miranda.

Meses después, alquiló por 600 bolívares, el cine Esmeralda, cuyo dueño era Víctor Pinto. Contrató a Vicente Colaruso para que le hiciera algunas mejoras y reparaciones, que le costaron más de diez mil bolívares.

El Cine Ideal, ubicado en la avenida Bolívar, también fue regentado por Palermo, a petición de su propietario Chichí García. Reinauguró el cine con la película mexicana “Los diez mandamientos”. Cuenta Rosario que se llenaron todas las localidades ese día, por lo que fue necesario repetir la función.

Con el dinero de las proyecciones, compró un terreno en la avenida Bolívar de Bejuma y fue construyendo un moderno y cómodo teatro. Le puso por nombre “Palermo” y quedó inaugurado en el año 1983 con la película “E.T. El extraterrestre”. Además de la proyección de películas, el espacio fue utilizado para eventos como graduaciones educativas y conferencias. Además, por mucho tiempo, los días lunes los dedicaba a “Cuánto vale el show”, donde las personas participaban en concursos de canto, baile o talento musical. También se montaban en el “potro loco” y ganaba el que permaneciera por más tiempo. Entre otras atracciones estaban: “La ruleta de la suerte, “la cuerda floja” y “El palo encebado”. Palermo también compró el cine de Miranda y construyó un conjunto residencial en Aguirre.

 Para concluir, quiso dejar en público, la propuesta que le ha hecho a varios alcaldes, para que el Teatro Palermo se convierta en el Teatro Municipal y se convierta en el centro cultural del municipio, donde se impartan todas las manifestaciones artísticas a los jóvenes con estas inclinaciones y se presenten espectáculos que engrandezcan el espíritu de nuestra gente.

Por: Leonardo Coronel Hernández.

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