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Opinión, Teoría y Práctica

“Seres para la muerte”

abril 4, 2016, 3:51 pm
Por: Carlos Sánchez

No se entiende a Heidegger cuando dice que somos “seres para la muerte”, hasta que perdemos a un ser querido.

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Para Erich Fromm el amor es un intento por escapar a la “separatidad”, ese sentimiento de finitud, esa angustia que sentimos cuando nos damos cuenta de nuestra irremediable condición mortal.

Extrañamos a los que se han ido, ya no lo podemos remediar, pero podemos decidir amar a los que aún están con nosotros y que algún día también se irán

Por eso extrañamos a nuestros seres queridos cuando no tenemos la certeza de que los volveremos a ver. Los extrañamos porque con ellos se va o muere parte de nosotros y porque su ausencia es un recordatorio de que algún día otros no estarán y nosotros mismos llegaremos a ese destino.

En esos momentos de angustia existencial, cuando no tienes a quién o a qué reclamar, cuando la rabia queda en el aire, cuando Dios es más silente, frío y caprichoso, uno se hace con Camus la única pregunta realmente filosófica: “¿Vale la pena vivir?”. ¿Qué sentido tienen los afanes de la vida si el final no se puede eludir?

Hay quienes esperan la vida bienaventurada y feliz después de la muerte, y así se evitan el camino tortuoso de la angustia. Pero a otros no nos satisface esa posición y más bien nos genera dudas. “Los planes de Dios”, “la voluntad de Dios”, pueden ser también atajos ante la separatidad. Además, es más fácil “creer” cuando se trata de la partida de un anciano, que “vivió lo suficiente”, que cuando se va una joven madre con tanta vida por delante, o un niño por faltade medicamentos, o un chamo asesinado por el hampa. En todo caso nos sentimos impotentes porque queremos aquí y ahora a nuestros seres queridos, su ausencia nos duele.

Pero esta segunda postura no es necesariamente pesimista. Aunque “vivimos para morir” ¿no irrumpimos desde la nada a la existencia, desde el no-ser al ser? ¿Por qué llegamos a vivir pudiendo no haber sido de esa manera?Por otra parte, sentimos que extrañamos más a nuestros seres amados cuando ya no están. ¿Si fuésemos inmortales los amaríamos igual? ¿No nos aburriría una vida sin fin? ¿Nos esforzaríamos en ser felices o hacer felices a los demás si nadie muriera? ¿No daría lo mismo vivir como sea sabiendo que igual nunca dejaremos de existir? ¿No será precisamente nuestra mortalidad la que nos da la capacidad y posibilidad de amar?

Extrañamos a los que se han ido, ya no lo podemos remediar, pero podemos decidir amar a los que aún están con nosotros y que algún día también se irán.El amor, que es una acción y no un sentimiento, es la única forma de vivir una existencia auténtica en rebeldía ante la muerte. Amar es decirle al otro: sé que no estaremos mañana, pero me resisto a que así sea, por eso te hago feliz y disfruto contigo la existencia.

Dijo Píndaro: “No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”. Yo digo que ojalá exista el cielo, pero no esperemos a que nuestros seres queridos se vayan para amarlos.

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